MILCIADES ROVIRA MORENO, ESCRITOR
jueves, 28 de noviembre de 2013
ES INTERESANTE SUPERAR EL ANALFABETISMO TECNOLÓGICO.
EL DOCENTE DE HOY, DEBE PROCURAR CAPACITARSE PARA ENFRENTAR EL RETO QUE IMPLICA MANEJAR LAS HERRAMIENTAS TECNOLÓGICAS, PUESTO QUE ÉSTAS POSIBILITAN UN MEJOR DESEMPEÑO EN SU QUEHACER PEDAGÓGICO. CON FRECUENCIA OBSERVAMOS A LOS ESTUDIANTES NAVEGANDO EN EL MUNDO VIRTUAL, DISPOSICIÓN QUE ES UNA OPORTUNIDAD PARA APROVECHAR ESTOS RECURSOS, LO QUE PROBABLEMENTE REDUNDARÁ EN EL MEJORAMIENTO DE LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN.
jueves, 30 de julio de 2009
BIOGRAFIA
Milciades Rovira Moreno, nació en Riosucio, Chocó, en 1959. Culminó sus estudios de secundaria en el Instituto Integrado Carrasquilla Industrial, de Quibdó. Es licenciado en Química y Biología de la Universidad Tecnológica del Chocó “Diego Luis Córdoba” y especialista en Educación en Ciencias Experimentales de la Universidad de Antioquia. Ha sido tutor en la Universidad de Pamplona y en la Universidad Tecnológica del Chocó. Fue extensionista de Educación Ambiental y supervisor de Recursos Naturales en la Corporación para el Desarrollo del Chocó “CODECHOCÓ” y Columnista del periódico La Esquina. Prestó sus servicios como docente en: el Liceo Sáulo Sánchez Córdoba, de su pueblo natal; la Institución Educativa el Tres, el Centro de Orientación de Adultos y CORFERRINI, entre otros establecimientos del municipio de Turbo. Actualmente se desempeña como profesor en la Institución Educativa Turbo y el Colegio el Carmelo Conurabá. Además, es presidente honorario de la Corporación para el Ambiente y el Desarrollo de Urabá “CORPOADUR”.
OBRAS PUBLICADAS
Ø Cultivemos Valores, 2004. (Cuentos, poemas y ensayos para reflexionar)
Ø Cuando el Hombre Pierde la Cabeza, 2006. (Cuentos para aprender de los errores)
Ø Hagamos Práctica de Química en el Laboratorio y Salón de Clase, 2008.
Ø Prevengamos las Enfermedades Transmitidas por Zancudos y las de Transmisión Sexual,
Ø Cultivemos Valores, 2004. (Cuentos, poemas y ensayos para reflexionar)
Ø Cuando el Hombre Pierde la Cabeza, 2006. (Cuentos para aprender de los errores)
Ø Hagamos Práctica de Química en el Laboratorio y Salón de Clase, 2008.
Ø Prevengamos las Enfermedades Transmitidas por Zancudos y las de Transmisión Sexual,
2008
Ø En Medio de la Tormenta, 2009. (Novela de formación en valores)
Ø En Medio de la Tormenta, 2009. (Novela de formación en valores)
Novela formación en valores: EN MEDIO DE LA TORMENTA. Ya está en el mercado internacional, gracias por su ayuda…
Esa mañana del mes de noviembre, Mercedes Contreras se quedó en la puerta de su residencia observando a Freyder, su hijo menor, que en vacaciones como de costumbre se dirigía hacia la unidad deportiva a los entrenamientos de la selección de fútbol infantil de El Tendal. Cuando ya la intensa neblina le obstaculizó la visión, ella entró a la casa, cerrando tras de sí la puerta. Mercedes estaba preocupada porque durante la madrugada el ave guaco había estado cantando; con su canto melancólico que de acuerdo con las creencias populares del pueblo, era el anuncio de que se avecinaba una tragedia. Tenía escasos cinco minutos de haberse retirado de la puerta, cuando:
-Mamáaa…
-¿Por qué te devolviste, muchacho del carajo? No vez que vas a llegar tarde al entrenamiento – le dijo Mercedes Contreras -. Recuerda que al entrenador no le gustan los muchachos indisciplinados.
- Yo me devolví para avisarte que hay una señora muerta en la esquina - contestó el muchacho, bastante nervioso.
- ¿En cuál esquina, Freyder? Deja la patanería, que yo no estoy para bromas.
- Es en serio, mamá. Está allá donde se alcanza a ver la gente amontonada, y está en bolitas como su madre la parió.
- Eso es el colmo de la maleantería, m’hijo. Vamos a ver quién es esa pobre criatura. ¡Qué le pasaría a esa mujer, Jesucristo bendito! Yo supongo que ella tuvo que haber amanecido allí, porque apenas son las seis de la mañana - comentaba Mercedes Contreras, mientras caminaba apresuradamente -. Yo estoy por creer que es muy cierto lo que decía el maestro Gil: “digan lo que digan y piensen lo que piensen, para mi en cierto modo todo tiempo pasado fue mejor”. Ya este pueblo se daño. Aquí ahora van matando a la gente por cualquier cosa. Ya este pueblo no es el de antes que uno podía dormir hasta con la puerta de la casa abierta, y entre vecinos y familiares hacían una minga para ayudarse en la orientación y corrección de los muchachos. Tal vez por esto quizás, la gente tenía mejor comportamiento o al menos en ese entonces, no había tanta maleantería.
Para Mercedes la sorpresa fue grande; no podía creer lo que estaba viendo. En el piso se encontraba una mujer joven, tan desnuda como la trajo su madre al mundo, la cual parecía estar verdaderamente muerta. Los curiosos estaban a la expectativa, pendientes de alguna señal de vida. Alberto Buriticá, el boticario del pueblo se hincó de rodillas, colocó un oído sobre el pecho de la muchacha tratando de escuchar los latidos de su corazón; pero sólo alcanzó a percibir el fuerte olor a alcohol que se desprendía del cuerpo inmóvil. Luego, con la palma de la mano le golpeó suavemente las mejillas, y tampoco reaccionó. Entonces, la tomó por el antebrazo con la intención de comprobar si tenía pulso; pero en ese momento una sabana blanca cayó sobre el cuerpo de la mujer, cubriendo su desnudez, y a la vez se escuchó la voz de Nicolasa Negrete, una de las mujeres más conflictiva del pueblo.
- Parranda de sinvergüenzas, parecen buitres detrás de carne podrida. Mírelos como se dan gusto echándole ojos a esa muchacha en pelotas, sin saber si la pobrecita está muerta.
- Déjate de tanta vaina, Nicolasa Negrete, que con razón tú tienes tan poco, porque a ésta le echaron demasiado. Muy bien sabes que así sea en calamidad el ojo no deja de ser necio. - argumentó Gustavo Aguirre, con su caja de herramienta de carpintería al hombro.
- Eso me suena a gato encerrado. Ustedes como que tienen su guardado – expresó jocosamente Marcelo Sanclemente, el auxiliar de carpintería de Gustavo.
- ¿Y tú lo dudas, Marcelo? Esta mujer fue mía – comentó Gustavo Aguirre.
- Deja de ser fantasioso, Gustavo Aguirre, que a mi nunca me han gustado los hombres guaches - le dijo Nicolasa Negrete, manoteándole en la cara.
La querella entre Gustavo Aguirre y Nicolasa Negrete, fue interrumpida por Alberto Buriticá:
- Esta muchacha todavía está viva; pero tiene el pulso muy débil. Ojalá Dios quiera que yo esté equivocado. Para mí estos son los efectos de una tremenda borrachera y una sobredosis de droga. A lo mejor le dieron escopolamina o burundanga, que sé yo. La verdad es que me causa extrañeza que haya fumado bazuco o marihuana, porque esta jovencita es un poquito loca y toma trago; pero yo no tengo conocimiento de que sea drogadicta. Por las condiciones en que se encuentra, es evidente que fue violada.
- Ya, Alberto Buriticá, déjate de hablar tanta vaina, que mientras tú estas botando caspa, esta pobre muchacha se está muriendo - le recriminó Nicolasa Negrete -. No seas mal agradecido, que yo sé que esta muchacha fue ave de tu corral.
- Nicolasa Negrete, como siempre… desenterrando muertos – le respondió Alberto Buriticá –. Apúrenle, muchachos, llamen a una ambulancia para llevarla al hospital.
Después de que la ambulancia recogió a la moribunda.
-Es posible que esté en los cierto el señor Buriticá, porque yo anoche alcancé a ver a Katty parrandeando con Humberto Alzate y otros traquetos, y usted sabe como son algunos de esos manes de dañados. Eso les pasa a estas muchachas por andar de metalizadas. Yo la cosa la veo maluca, compadre. Es que esos traquetos tienen a las mujeres de este pueblo tan mal acostumbradas, que uno para conseguirse una hembra va a tener que volverse narco o atracar un banco – comentó Luís Carlos Santacruz, un muchacho del pueblo.
- Vea, hermano, no se vaya a meter con esa gente que se creen los dueños del pueblo, porque esos manes si no dan vueltas para mandarlo a tirar al piso, y el que ellos maten muerto se queda. Recuerde que aquí, dizque hasta el alcalde es narco; con eso le digo todo, porque el burgomaestre es la máxima autoridad del pueblo – comentó Antonio Angarita, amigo inseparable de Luís Carlos Santacruz.
- En eso si tiene la razón, compadre, porque mire nomá, como humillan a la gente pobre encendiendo sus cigarrillos con billetes de la más alta denominación, como que la plata fuera candelera, y habiendo tanta gente en este pueblo pasando necesidad. Imagínese cuánto le darán a una muchacha o a una mujer ajena por llevarla a la cama. Esos manes hasta las putas han puesto caras.
- Eso que usted me está comentando, ¿no será habladuría de la gente, compadre? – cuestionó Antonio.
- Me extraña eso, Antonio Angarita. Como va a decir usted que lo que comentan de esos manes es habladuría de la gente, si a mí me tocó presenciar a un traqueto que apodan, “El Bembis” humillando a una pobre anciana. A la señora se le cayó una moneda de quinientos pesos en una calle que estaba a oscuras, porque esos muchachos sinvergüenzas habían roto las lámparas. La pobre vieja estaba buscando la moneda, y en ese momento apareció “El Bembis” y sus secuaces; éste aparentando cierta formalidad le preguntó qué buscaba, y cuando ella le contestó, el muy desgraciado sacó su candelera, la encendió, prendió un billete de cincuenta mil pesos a manera de antorcha y en forma sarcástica empezó a iluminar el lugar, en vez de regalarle el billete a la pobre señora.
- Ya, no le dé más mente a eso, mi hermano, que algunos de ellos son todo bien con la gente y otros son unos petulantes; pero frente a eso, ¿nosotros qué podemos hacer? - comentó Antonio Angarita.
- Mire el caso de Córdoba, que porque se consiguió unos pesos cultivando y vendiendo marihuana, empacó en costales todos los trastos viejos que tenía y los lanzó al río, dizque para botar la pobreza, en vez de regalárselos a la gente necesitada; pero vamos a ver cuánto le dura la plata, porque yo estoy por creer que ese dinero es maldito, por eso a como entra sale y lo que deja es desgracia en los hogares. Pues los hombres se vuelven desordenados y las esposas se cansan de que ellos abusen tanto de sus sentimientos. Y sabe qué, yo creo que eso está bien. Porque para qué bacenilla de oro si es para defecar sangre - concluyó Luís Carlos Santacruz.
- Bueno, ¿y cómo habrá seguido Katty? – preguntó Antonio Angarita, tratando de cambiar el curso de la conversación.
- ¡Y a mí qué me importa, señor! Bien merecido lo tiene por zorra - respondió Santacruz, alejándose disgustado.
-Mamáaa…
-¿Por qué te devolviste, muchacho del carajo? No vez que vas a llegar tarde al entrenamiento – le dijo Mercedes Contreras -. Recuerda que al entrenador no le gustan los muchachos indisciplinados.
- Yo me devolví para avisarte que hay una señora muerta en la esquina - contestó el muchacho, bastante nervioso.
- ¿En cuál esquina, Freyder? Deja la patanería, que yo no estoy para bromas.
- Es en serio, mamá. Está allá donde se alcanza a ver la gente amontonada, y está en bolitas como su madre la parió.
- Eso es el colmo de la maleantería, m’hijo. Vamos a ver quién es esa pobre criatura. ¡Qué le pasaría a esa mujer, Jesucristo bendito! Yo supongo que ella tuvo que haber amanecido allí, porque apenas son las seis de la mañana - comentaba Mercedes Contreras, mientras caminaba apresuradamente -. Yo estoy por creer que es muy cierto lo que decía el maestro Gil: “digan lo que digan y piensen lo que piensen, para mi en cierto modo todo tiempo pasado fue mejor”. Ya este pueblo se daño. Aquí ahora van matando a la gente por cualquier cosa. Ya este pueblo no es el de antes que uno podía dormir hasta con la puerta de la casa abierta, y entre vecinos y familiares hacían una minga para ayudarse en la orientación y corrección de los muchachos. Tal vez por esto quizás, la gente tenía mejor comportamiento o al menos en ese entonces, no había tanta maleantería.
Para Mercedes la sorpresa fue grande; no podía creer lo que estaba viendo. En el piso se encontraba una mujer joven, tan desnuda como la trajo su madre al mundo, la cual parecía estar verdaderamente muerta. Los curiosos estaban a la expectativa, pendientes de alguna señal de vida. Alberto Buriticá, el boticario del pueblo se hincó de rodillas, colocó un oído sobre el pecho de la muchacha tratando de escuchar los latidos de su corazón; pero sólo alcanzó a percibir el fuerte olor a alcohol que se desprendía del cuerpo inmóvil. Luego, con la palma de la mano le golpeó suavemente las mejillas, y tampoco reaccionó. Entonces, la tomó por el antebrazo con la intención de comprobar si tenía pulso; pero en ese momento una sabana blanca cayó sobre el cuerpo de la mujer, cubriendo su desnudez, y a la vez se escuchó la voz de Nicolasa Negrete, una de las mujeres más conflictiva del pueblo.
- Parranda de sinvergüenzas, parecen buitres detrás de carne podrida. Mírelos como se dan gusto echándole ojos a esa muchacha en pelotas, sin saber si la pobrecita está muerta.
- Déjate de tanta vaina, Nicolasa Negrete, que con razón tú tienes tan poco, porque a ésta le echaron demasiado. Muy bien sabes que así sea en calamidad el ojo no deja de ser necio. - argumentó Gustavo Aguirre, con su caja de herramienta de carpintería al hombro.
- Eso me suena a gato encerrado. Ustedes como que tienen su guardado – expresó jocosamente Marcelo Sanclemente, el auxiliar de carpintería de Gustavo.
- ¿Y tú lo dudas, Marcelo? Esta mujer fue mía – comentó Gustavo Aguirre.
- Deja de ser fantasioso, Gustavo Aguirre, que a mi nunca me han gustado los hombres guaches - le dijo Nicolasa Negrete, manoteándole en la cara.
La querella entre Gustavo Aguirre y Nicolasa Negrete, fue interrumpida por Alberto Buriticá:
- Esta muchacha todavía está viva; pero tiene el pulso muy débil. Ojalá Dios quiera que yo esté equivocado. Para mí estos son los efectos de una tremenda borrachera y una sobredosis de droga. A lo mejor le dieron escopolamina o burundanga, que sé yo. La verdad es que me causa extrañeza que haya fumado bazuco o marihuana, porque esta jovencita es un poquito loca y toma trago; pero yo no tengo conocimiento de que sea drogadicta. Por las condiciones en que se encuentra, es evidente que fue violada.
- Ya, Alberto Buriticá, déjate de hablar tanta vaina, que mientras tú estas botando caspa, esta pobre muchacha se está muriendo - le recriminó Nicolasa Negrete -. No seas mal agradecido, que yo sé que esta muchacha fue ave de tu corral.
- Nicolasa Negrete, como siempre… desenterrando muertos – le respondió Alberto Buriticá –. Apúrenle, muchachos, llamen a una ambulancia para llevarla al hospital.
Después de que la ambulancia recogió a la moribunda.
-Es posible que esté en los cierto el señor Buriticá, porque yo anoche alcancé a ver a Katty parrandeando con Humberto Alzate y otros traquetos, y usted sabe como son algunos de esos manes de dañados. Eso les pasa a estas muchachas por andar de metalizadas. Yo la cosa la veo maluca, compadre. Es que esos traquetos tienen a las mujeres de este pueblo tan mal acostumbradas, que uno para conseguirse una hembra va a tener que volverse narco o atracar un banco – comentó Luís Carlos Santacruz, un muchacho del pueblo.
- Vea, hermano, no se vaya a meter con esa gente que se creen los dueños del pueblo, porque esos manes si no dan vueltas para mandarlo a tirar al piso, y el que ellos maten muerto se queda. Recuerde que aquí, dizque hasta el alcalde es narco; con eso le digo todo, porque el burgomaestre es la máxima autoridad del pueblo – comentó Antonio Angarita, amigo inseparable de Luís Carlos Santacruz.
- En eso si tiene la razón, compadre, porque mire nomá, como humillan a la gente pobre encendiendo sus cigarrillos con billetes de la más alta denominación, como que la plata fuera candelera, y habiendo tanta gente en este pueblo pasando necesidad. Imagínese cuánto le darán a una muchacha o a una mujer ajena por llevarla a la cama. Esos manes hasta las putas han puesto caras.
- Eso que usted me está comentando, ¿no será habladuría de la gente, compadre? – cuestionó Antonio.
- Me extraña eso, Antonio Angarita. Como va a decir usted que lo que comentan de esos manes es habladuría de la gente, si a mí me tocó presenciar a un traqueto que apodan, “El Bembis” humillando a una pobre anciana. A la señora se le cayó una moneda de quinientos pesos en una calle que estaba a oscuras, porque esos muchachos sinvergüenzas habían roto las lámparas. La pobre vieja estaba buscando la moneda, y en ese momento apareció “El Bembis” y sus secuaces; éste aparentando cierta formalidad le preguntó qué buscaba, y cuando ella le contestó, el muy desgraciado sacó su candelera, la encendió, prendió un billete de cincuenta mil pesos a manera de antorcha y en forma sarcástica empezó a iluminar el lugar, en vez de regalarle el billete a la pobre señora.
- Ya, no le dé más mente a eso, mi hermano, que algunos de ellos son todo bien con la gente y otros son unos petulantes; pero frente a eso, ¿nosotros qué podemos hacer? - comentó Antonio Angarita.
- Mire el caso de Córdoba, que porque se consiguió unos pesos cultivando y vendiendo marihuana, empacó en costales todos los trastos viejos que tenía y los lanzó al río, dizque para botar la pobreza, en vez de regalárselos a la gente necesitada; pero vamos a ver cuánto le dura la plata, porque yo estoy por creer que ese dinero es maldito, por eso a como entra sale y lo que deja es desgracia en los hogares. Pues los hombres se vuelven desordenados y las esposas se cansan de que ellos abusen tanto de sus sentimientos. Y sabe qué, yo creo que eso está bien. Porque para qué bacenilla de oro si es para defecar sangre - concluyó Luís Carlos Santacruz.
- Bueno, ¿y cómo habrá seguido Katty? – preguntó Antonio Angarita, tratando de cambiar el curso de la conversación.
- ¡Y a mí qué me importa, señor! Bien merecido lo tiene por zorra - respondió Santacruz, alejándose disgustado.

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